Hoy he conocido a Perito Moreno. No es un señor, sino un glaciar en plenos Andes de más de 30 metros de altura, que impresiona. Primero he paseado por las pasarelas, para sacar alguna foto, y luego he hecho una pateada sobre el glaciar. Lo que más impresiona, cuando lo ves desde las pasarelas, además de tenerlo a menos de 400 metros de ti, es cuando se desprenden trozos de hielo del glaciar: se oye un ruido seco, de dequebrajo, y seguidamente cae un bloque de hielo al lago causando un gran estruendo. He visto varios, y uno descomunal, se ha caído la mitad de una pared y menudas olas ha generado. Una vez que hemos paseado por las pasarelas nos hemos subido a un barco para ir hacia la otra orilla del lago. Parecía que íbamos en el Titanic, navegando entre témpanos de hielo. Sólo faltaba la música y la canción de Celine Dion. Ya en la otra orilla, el guía de montaña nos ha explicado lo que íbamos a hacer, nos hemos puesto los crampones y a andar sobre el glaciar. Las vistas son impresionantes. Ya al final, nos ha llevado hasta una parte del glaciar donde había una mesa, ha cogido hielo del glaciar y nos ha invitado a un güisqui a cada uno, pero sólo un culín, ¿eh? Ha sido una bonita forma de terminar la excursión. Entre unas cosas y otras, he salido a las 8 de la mañana del hostel y he llegado a las 7, baldado, pero ha estado muy bien. Y ahora, me voy con unos que he conocido en la excursión (una de palma, un gallego y un francés) a probar el cordero patagónico. ¡Por fin voy a comer algo que no es ternera!!!! Y mañana me voy a El Chaltén, un pueblo perdido en la Patagonia, capital del treking, donde no hay ni cajeros, ni covertura y a lo mejor ni Internet. Me haré una excursión hasta el Fitz Roy. Regreso el domingo a El Calafate donde cojo el avión rumbo, de nuevo, a Buenos Aires.